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Catequesis sobre el Padrenuestro

Estimadas peregrinas y peregrinos del santuario de San Expedito en la parroquia de la Santa Cruz – Ñuñoa (Santiago de Chile), les invitamos a meditar esta sencilla catequesis para comprender de qué se trata la oración del PadreNuestro.

Recémosla juntos como Jesús nos enseñó:

Padre Nuestro, que estás en el cielo, 
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino; 
hágase tu voluntad,
en la tierra como en el cielo. 
Danos hoy nuestro pan de cada día; 
perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. 

– ¿Por qué Jesús nos enseña a orar? 
– Jesús es el Maestro de nuestra oración. Conoce en su corazón de hombre las necesidades de la humanidad y nos las revela: es el modelo de nuestra oración.

– ¿El PadreNuestro es una fórmula para repetir?

Lo que Jesús nos deja NO es una fórmula para repetirla de modo mecánico. Lo que Él hace es darnos su Espíritu Santo que nos enseña a los hijos e hijas de Dios a hablar con nuestro Padre. El Padre ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: “¡Abbá, Padre!’

– ¿Cuándo rezamos el PadreNuestro en la liturgia de la Iglesia? 

Esta oración forma parte integrante de las principales Horas del Oficio divino, y de los sacramentos de la iniciación cristiana, es decir, del Bautismo, Confirmación y Eucaristía. Está inserta en la Eucaristía, es decir, en la celebración de la Santa Misa, donde se manifiesta el carácter “escatológico” de sus peticiones, es decir, en la perspectiva del final de los tiempos, en la esperanza del Señor, “hasta que Él venga”.

Padre.

La oración comienza con la expresión “PADRE”. La humildad nos hace reconocer que “nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar”, es decir “a los pequeños”. Podemos invocar a Dios como “Padre” porque Él nos ha sido revelado por su Hijo hecho hombre y su Espíritu nos lo hace conocer. 

Padre. Cuando oramos al Padre estamos en comunión con Él y con su Hijo, Jesucristo. Entonces le conocemos y lo reconocemos con admiración siempre nueva. La primera palabra de la Oración del Señor es una bendición de adoración. Porque la Gloria de Dios es que nosotros le reconozcamos como “Padre”, Dios verdadero. Le damos gracias por habernos revelado su Nombre, por habernos concedido creer en Él y por haber sido habitados por su presencia.

Padre. Lo primero que dice el hombre nuevo, la mujer nueva, que ha renacido y vuelto a su Dios por la gracia, es la expresión: “¡Padre!”, porque ha sido hecho hijo o hija. Dice san Cipriano de Cartago: «Es necesario acordarnos, cuando llamemos a Dios “Padre nuestro”, de que debemos comportarnos como hijos de Dios» 

Nuestro.
Dios es NUESTRO padre. Padre “nuestro” se refiere a Dios. Cuando decimos “nuestro” no queremos expresar que nos pertenezca como una posesión, sino una relación totalmente nueva con Dios.

Nuestro. Cuando decimos Padre “nuestro”, reconocemos que hemos llegado a ser “su Pueblo” y Él es desde ahora en adelante “nuestro Dios”. Esta relación nueva es una pertenencia mutua dada gratuitamente: por amor y fidelidad tenemos que responder a la gracia y a la verdad que nos han sido dadas en Jesucristo.

Nuestro. Nos dirigimos personalmente al Padre de Jesucristo. Cuando oramos al Padre, le adoramos y le glorificamos con el Hijo y el Espíritu Santo. No hay más que un solo Dios al que reconocemos como Padre quienes hemos renacido por el agua y por el Espíritu en el Bautismo. La oración de cada bautizado y bautizada se hace en esta comunión. Somos una multitud de creyentes que tiene un solo corazón y una sola alma. Nuestra oración se ensancha en un amor sin límites.

Que estás en el cielo

El cielo no es un espacio o lugar, sino una manera de ser. Que Dios esté en el cielo significa su majestad, no que esté lejos. Nuestro Padre no está “en esta o aquella parte”, sino “por encima de todo” lo que podemos concebir. 

Al ser el cielo la morada de Dios, la Casa del Padre es, por tanto, nuestra “patria”. En Cristo se han reconciliado el cielo y la tierra porque el Hijo “ha bajado del cielo” y nos hace subir allí con Él, por medio de su Cruz, su Resurrección y su Ascensión.


Después de habernos puesto en presencia de Dios nuestro Padre para adorarle, amarle y bendecirle, el Espíritu filial hace surgir de nuestros corazones siete peticiones, siete bendiciones. 

El primer grupo de peticiones nos lleva hacia Él, para Él: ¡tu Nombre, tu Reino, tu Voluntad! Lo propio del amor es pensar primero en Aquél que amamos. En cada una de estas tres peticiones, nosotros no “nos” nombramos, sino que lo que nos mueve es “el deseo ardiente”, “el ansia” del Hijo amado, por la Gloria de su Padre.

El segundo grupo de peticiones son la ofrenda de nuestra esperanza y atrae la mirada del Padre de las misericordias. Brota de nosotros y nos afecta ya ahora, en este mundo: “danos […] perdónanos […] no nos dejes […] líbranos”. 

Santificado sea tu nombre

Santificar reconocer como santo, tratar de una manera santa. Pedirle que su Nombre sea santificado nos implica para que nosotros seamos santos e inmaculados en su presencia, en el amor. Dios revela su Nombre, y lo hace realizando su obra. Esta obra no se realiza para nosotros y en nosotros más que si su Nombre es santificado por nosotros y en nosotros.

El Nombre de Dios Santo se nos ha revelado y dado, en la carne, en Jesús, como Salvador: revelado por lo que Él es, por su Palabra y por su Sacrificio. Al terminar su Pascua, el Padre le da el Nombre que está sobre todo nombre: Jesús es Señor para gloria de Dios Padre.

Venga a nosotros tu Reino

El Reino de Dios es para nosotros lo más importante. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Última Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre.

En la Oración del Señor, se trata principalmente de la venida final del Reino de Dios por medio del retorno de Cristo. Pero este deseo no distrae a la Iglesia de su misión en este mundo, más bien la compromete.  El Reino de Dios es de paz y justicia, de amor y verdad. Su fruto es la vida nueva según las Bienaventuranzas .

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo

La voluntad de nuestro Padre es que todos los seres humanos nos salvemos y lleguemos al conocimiento pleno de la verdad. Su mandamiento que nos dice toda su voluntad es que “nos amemos los unos a los otros como él nos ha amado” 

En la oración de su agonía, acoge totalmente esta Voluntad: “No se haga mi voluntad sino la tuya” En virtud de esta voluntad somos santificados. Por eso pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, su designio de salvación para la vida del mundo. Ponemos en sus manos nuestra voluntad cuando escogemos lo que su Hijo ha escogido: hacer lo que agrada al Padre.

Por la oración, podemos “discernir cuál es la voluntad de Dios” y obtener “constancia para cumplirla”. Jesús nos enseña que se entra en el Reino de los cielos, no mediante palabras, sino haciendo la voluntad de su Padre.

Danos hoy nuestro pan de cada día

“Danos”: es hermosa la confianza de los hijos que esperan todo de su Padre, quien hace salir su sol sobre malos y buenos, y da a todos los vivientes a su tiempo su alimento. Jesús nos enseña esta petición; con ella se glorifica a nuestro Padre reconociendo hasta qué punto es Bueno más allá de toda bondad.

Nosotros somos de Él y Él de nosotros, para nosotros. Pero este “nosotros” lo reconoce también como Padre de todos los seres humanos, y nosotros le pedimos por todos ellos, en solidaridad con sus necesidades y sus sufrimientos.

El drama del hambre en el mundo llama a los cristianos a una responsabilidad efectiva hacia sus hermanos, tanto en su austeridad de vida como en su solidaridad con la familia humana.  Se trata de “nuestro” pan, “uno” para “muchos”: La pobreza de las Bienaventuranzas entraña compartir los bienes: invita a comunicar y compartir bienes materiales y espirituales, no por la fuerza sino por amor.

Decía San Ambrosio: “Si recibes el pan cada día, cada día para ti es hoy. Si Jesucristo es para ti hoy, todos los días resucita para ti”. La Eucaristía es nuestro pan de cada día. También lo es la palabra de Dios que cada día se nos anuncia en la misa.

Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden

“Perdona nuestras ofensas…”. Nos volvemos al Padre como el hijo pródigo y nos reconocemos pecadores ante Él como el publicano. Nuestra petición empieza con una “confesión” en la que afirmamos, al mismo tiempo, nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, “tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados”.

El Amor, como el Cuerpo de Cristo, es indivisible; no podemos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano, a la hermana a quien vemos. Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia.

“… como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Se trata de una participación, vital y nacida “del fondo del corazón”, en la santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es “nuestra Vida” puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús. Así, la unidad del perdón se hace posible, «perdonándonos mutuamente “como” nos perdonó Dios en Cristo» 

No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión. La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. San Expedito y todos los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación de los hijos de Dios con su Padre y de los seres humanos entre sí.

No nos dejes caer en la tentación

Nuestros pecados son los frutos del consentimiento a la tentación. Pedimos a nuestro Padre que no nos “deje caer” en ella, que no nos deje sucumbir a la tentación. Dios no es tentado ni tampoco tienta a nadie. Al contrario, quiere nuestro bien, librarnos del mal. Dios no quiere imponer el bien, quiere seres libres. Por eso le pedimos que no nos deje tomar el camino que conduce al pecado.

Y líbranos del mal

En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, a Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El “diablo” es aquél que “se atraviesa” en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo.

La victoria sobre el “príncipe de este mundo” se adquirió de una vez por todas cuando Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su Vida. El Espíritu y la Iglesia oran: “Ven, Señor Jesús” ya que su Venida nos librará del Maligno.

Al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que él es autor o instigador. En esta última petición, la Iglesia presenta al Padre todas las desdichas del mundo. 

Amén*.

Terminada la oración, decimos “Amén”, que significa “así sea”. Es nuestro “fiat”, es decir, “hágase”, como el fiat de María ante el anuncio del Ángel: hágase en mí según tu palabra.

* Cuando rezamos el PadreNuestro en la eucaristía, es decir, en la misa, no se dice “Amén” porque la oración no ha terminado aún.

Después de concluir la Asamblea diciendo “y líbranos del mal”, en lugar de decir “Amén”, el sacerdote continúa rezando una oración de transición llamada “embolismo”, es decir, una oración que recoge y desarrolla una oración precedente.  

El celebrante dice: “líbranos, Señor, de todos los males, y concédenos la paz en nuestros días, para que ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos contra toda perturbación, mientras aguardamos la gloriosa venida de nuestro salvador, Jesucristo”.

Y el pueblo responde con una antigua aclamación, cuyo origen se remonta a los primeros siglos de la historia de la Iglesia: “Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor”.

Así que el Padrenuestro queda integrado totalmente en la liturgia eucarística, no como un añadido sino como parte fundamental de ella. El Amén del PadreNuestro en la misa se reserva entonces para cuando concluye esta plegaria: “y conforme a tu Palabra, concédele la paz y la unidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos”. La asamblea recién en este momento responde “Amén”.

Tampoco se dice “Amén” en el rezo de las Vísperas de la Liturgia de las Horas, porque se produce un embolismo con la oración conclusiva. De este modo, después de “y líbranos del mal”, quien preside las Vísperas dice la oración conclusiva y la asamblea responde Amén.

Sin embargo, cuando rezamos el PadreNuestro a solas, en el hogar, trabajo, comunidad, en el Rosario, o en otras ocasiones, siempre concluye con “Amén”.

La oración del Señor, el PadreNuestro, también llamada oración dominical es, en verdad, el resumen de todo el Evangelio. Toda la Escritura sagrada (la Ley, los Profetas, y los Salmos) se cumplen en Cristo. El evangelio es esta “Buena Nueva”. Su primer anuncio está resumido por san Mateo en el Sermón de la Montaña. Pues bien, la oración del Padre Nuestro está en el centro de este anuncio. 

Decía Santo Tomás de Aquino que el PadreNuestro es la más perfecta de las oraciones: por una parte, pedimos todo lo que podemos desear con rectitud, pero además lo hacemos según el orden en que conviene desearlo. De modo que esta oración no sólo nos enseña a pedir, sino que también llena toda nuestra afectividad.

En la Oración dominical, Jesús nos enseña esta vida nueva por medio de sus palabras y nos enseña a pedirla por medio de la oración. De la rectitud de nuestra oración dependerá la de nuestra vida en Él.

Después de haber meditado sobre el sentido de esta oración, volvamos a decirla con confianza al buen Dios que nos ama:

Padre Nuestro, que estás en el cielo, 
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino; 
hágase tu voluntad,
en la tierra como en el cielo. 
Danos hoy nuestro pan de cada día; 
perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén.

(Tomado del Catecismo de la Iglesia Católica, núms. 2759-2854)