Nos aprestamos a vivir, a partir de este Domingo de Ramos, una nueva Semana Santa, que es el principal momento espiritual del año, puesto que nos posibilita entrar cada vez más en el gran misterio de nuestra fe: la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
Durante la Semana Santa, todo habla de misericordia, porque hace visible hasta dónde puede llegar el amor de Dios.
En las lecturas de la Pasión de Cristo, el Domingo de Ramos y el Viernes Santo escucharemos el relato de los últimos días de vida de Jesús. El evangelista Juan nos ofrece la clave para entender su sentido profundo: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1).
El amor de Dios no tiene límites. Como repetía con frecuencia san Agustín, es un amor que llega «hasta el fin sin fin». Dios realmente se da todo por cada uno de nosotros y no se guarda nada.
Nos dice el papa Francisco: “El misterio que adoramos en esta Semana Santa es una gran historia de amor que no conoce obstáculos. La Pasión de Jesús dura hasta el fin del mundo, porque es una historia del compartir el sufrimiento de toda la humanidad y una presencia permanente en los acontecimientos de la vida personal de cada uno de nosotros” (16-03-2016).
El Domingo de Ramos
El Domingo de Ramos conmemoramos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Como ocurrió hace dos mil años, hoy lo aclamamos con nuestros ramos, es decir, con nuestra propia vida, que tiene fragilidades y virtudes, penas y alegrías, desafíos y esperanzas.
El Triduo Pascual que celebramos desde la tarde del Jueves Santo hasta el Domingo de Pascua es memorial de un drama de amor que nos dona la certeza de que nunca seremos abandonados en el devenir de la vida.
El Jueves Santo
El Jueves Santo Jesús instituye la Eucaristía, anticipando en el banquete pascual su sacrificio en el Gólgota. Para hacer comprender a sus discípulos el amor que lo anima, lava sus pies, ofreciendo una vez más el ejemplo en primera persona de cómo ellos mismos debían actuar.
El memorial del lavado de pies, lo mismo que el memorial de la Eucaristía, son dones de amor que Cristo actualiza para cada uno de nosotros.
La Eucaristía es el amor que se hace servicio. Es la presencia sublime de Cristo que desea alimentar a cada ser humano, sobre todo a los más débiles, para hacernos capaces de un camino de testimonio de humildad y caridad.
No estamos solos en nuestras luchas cotidianas. Contamos con alimento que perdura. Por eso nos quedamos, después de la eucaristía de la Cena del Señor, a adorar en silencio a Jesús presente en el Pan de Vida.
Al darse a nosotros como alimento, Jesús atestigua que debemos aprender a compartir con los demás este alimento para que se convierta en una verdadera comunión de vida con cuantos sufren necesidad. Él se dona a nosotros y nos pide permanecer en Él para hacer lo mismo.
El Viernes Santo
El Viernes Santo es el momento culminante del amor. La muerte de Jesús, que en la cruz se abandona al Padre para ofrecer la salvación al mundo entero, expresa el amor donado hasta el final sin fin.
Por eso al comenzar las ceremonias, los ministros se postran en el suelo, uniéndose al abandono de Cristo a su Padre.
Un amor que busca abrazar a todos, sin excepción. Un amor que se extiende a todo tiempo y a todo lugar: una fuente inagotable de salvación a la cual cada uno de nosotros, pecadores, puede acceder.
Por eso adoramos la Cruz: porque reconocemos en Jesús, el Crucificado, al vencedor de todas las muertes y fuente de nuestra esperanza.
Si Dios nos ha demostrado su amor supremo en la muerte de Jesús, entonces también nosotros, regenerados por el Espíritu Santo, podemos y debemos amarnos los unos a los otros.
Ese es el mensaje que compartimos con la comunidad esa tarde de Viernes al recorrer las calles en el Vía Crucis o camino de la cruz.
El Sábado Santo
Y, finalmente, el Sábado Santo es el día del silencio de Dios. Jesús puesto en el sepulcro comparte con toda la humanidad el drama de la muerte.
Es un silencio que habla y expresa el amor como solidaridad con los abandonados de siempre, que el Hijo de Dios alcanza colmando el vacío que sólo la misericordia infinita del Padre Dios puede llenar.
Dios calla, pero por amor. En este día el amor —ese amor silencioso— se vuelve espera de la vida en la resurrección. Pensemos en la Virgen María, «la Creyente», que en silencio esperaba la Resurrección. Es el amor que no duda, sino que espera en la palabra del Señor, para que se haga manifiesta y resplandeciente el día de Pascua.
Desde nuestro silencio, el Sábado Santo acudimos al templo de noche para iluminar la oscuridad con nuestros cirios encendidos.
El Domingo de Pascua, la fiesta de las fiestas
En la Vigilia de la víspera del Domingo de Pascua, los relatos y cánticos de la historia de la salvación nos ayudan a comprender que todo tiene sentido con la resurrección de Cristo.
Descubriremos que esa es la noche santa y gloriosa en que somos salvados de la oscuridad del mal, y el ser humano se reconcilia con su Dios.
Es todo un gran misterio de amor y de misericordia. Dejémonos envolver por esta misericordia que nos viene al encuentro; para que en estos días, mientras mantenemos fija la mirada en la pasión y la muerte del Señor, acojamos en nuestro corazón la grandeza de su amor y, como la Virgen el Sábado, en silencio, a la espera de la Resurrección.
Les invitamos a participar en las ceremonias de esta Semana Santa. Los horarios de cada celebración en nuestro santuario se pueden revisar AQUÍ.